domingo, febrero 18, 2007

Mi historial clínico

Genoma en la red

Hace aproximadamente cuatro meses, en esta misma sección, procuré esbozar una reflexión acerca de la Blogosfera (el mundo de los cuadernos de bitácora en Internet) y los cambios que está trayendo a los medios de comunicación. El blog se ha convertido en esa forma (aparentemente) directa, cercana, anecdótica y humanizada que el lector parecía llevar buscando algún tiempo. Con sólo dar un paseo por algunos medios de comunicación en su versión digital, podemos concluir, sin riesgo a equivocarnos, que está en alza eso de buscar o reciclar firmas conocidas para ponerlas al mando de un blog, cuya salud y éxito dependerán del número de visitas y comentarios. Tienen uno: el director de cine Nacho Vigalondo, el escritor Santiago Rocagliolo, el periodista y escritor Javier Rioyo o el escritor Alejandro Gándara. Todos ellos asociados a un periódico y a una etiqueta que puede ir de desde literatura, cine o periodismo hasta gastronomía, náutica o salud, por poner algunos ejemplos.
Pero lo cierto es que con los blogs está ocurriendo como con casi todo en Internet. Una Red masificada por estos espacios de participación provoca el efecto inverso al deseado. Exceso de información igual a desinformación. O más acertadamente: el exceso de información dificulta su propia búsqueda y discriminación. Así que la tarea de encontrar un blog, que verdaderamente responda a unas necesidades particulares, no deja de ser una cuestión de suerte, astucia y esfuerzo.
La cada vez más tupida malla que va siendo la Blogosfera lleva también aparejadas algunas propiedades altamente beneficiosas. Además de la simplicidad de su manejo y la posibilidad de intervención con comentarios por parte de los lectores, trae consigo la hechura del hallazgo, del descubrimiento de algo valioso que nos aguarda a la vuelta de la pantalla. Pinchar sobre cualquier link o vínculo nos llevará hasta él. Y éste, a su vez, hasta otro, que no dudará en hacer lo propio. De tal modo, que ni las fórmulas empleadas por el Instituto Nacional de Estadística hubieran podido averiguar dónde y con quien demonios íbamos a acabar la noche.

Radiografía

Lo más próximo a mi genoma humano es el historial de visitas de mi ordenador. Allí reside más información de la que soy capaz de desentrañar con un mínimo rigor analítico. Manías, tendencias, filias, miedos, secretos, ideas, obsesiones. Estoy plenamente convencido de que un experto en esta materia sería capaz de diagnosticar mi salud mental con tan sólo darse una vuelta por los lugares que yo frecuento en Internet. Es más, puestos a ser arriesgados, yo diría que éste sí que sería capaz de deducir dónde estaré dentro de diez días o diez años.
Porque igual que recorro de la misma manera ordenada, de lunes a viernes, el callejero de mi barrio para ir a comprar el pan, el periódico y alguna lata de conservas, cuando salgo a Internet me desenvuelvo con mucha costumbre y cierta dosis de riesgo. Así que visito alguna exposición de arte joven e independiente en Sala de eStar (www.saladeestar.com), me pongo al día con el blog ágil y certero de Ignacio Escolar (www.escolar.net), colmo mis necesidades críticas y filológicas con el espacio del escritor Vicente Luis Mora (www.vicenteluismora.bitacoras.com), releo las creaciones publicadas en la revista digital Oniria (www.revistaoniria.com), admiro las últimas creaciones fotográficas de Fran Úbeda (www.fotolog.com/elnomuerto), deshago la distancia y los años con el blog de José Berenguer (www.berenengaliza.blogspot.com), descubro las nuevas creaciones de quienes trabajan más horas de las que aconsejan los sindicatos decentes (www.ramondavidmorales.com) y vuelvo a pasar la noche, siempre que puedo, a ‘La casa del nadador’ (www.lacasadelnadador.es).
Evidentemente, esta no es mi radiografía completa. Si acaso, la cabeza del fémur y un delicado pellizco de la tibia. El resto lo atesoro y me lo reservo como si del secreto familiar se tratara. Así que no confío mi ordenador a nadie. Velo por él día y noche. Y aunque sé que siempre hay una trampilla bajo una de las alfombras, ¿quién se atrevería a dejar desamparada tanta información? Imaginen que Google (el gran buscador) hiciera públicas todas nuestras búsquedas. Es para echarse a temblar.

Juan Manuel Gil