
Cinco. De adolescente me dio por los minerales. Me compré un pequeño martillo, una guía básica para reconocerlos y distinguirlos, una especie de morral sintético y un esmirriado juego de reactivos químicos, y echaba mañanas y tardes pillando un sol de tres pares de narices en cualquier páramo que intuía proclive a la cristalización subterránea. Como prueba de aquellos años –no fueron pocos-, conservo una colección de minerales y rocas que ya la quisiera para sí el más farruco en esto de clasificar pedruscos. Todas ordenaditas alfabéticamente, con su nombre científico, su grado de dureza, su origen y alguna cuestión química que, con el paso del tiempo, ya me cuesta desentrañar. El profesor de geología –le presenté la colección como trabajo de final de trimestre-, me llegó a acusar en mitad de clase de haber comprado la mayoría de minerales e intentó confiscarme el material para demostrar, eso decía, que yo no había podido hallar tales minerales y rocas en las ubicaciones que rezaban en las etiquetas. Me negué a entregarle nada, claro. E, incluso, algunos compañeros dicen que lloré. Pero eso no es lo que yo recuerdo. La cuestión es que me llevé lo que era mío y acabé aprobando.
Cuatro. Muchos años después, supe que aquella búsqueda tan obcecada y sufrida, no era sino el camino más largo que uno podía escoger. Bastó con pasar la aspiradora al coche –cuando ya tuve uno- y comprobar que lo que me aguardaba en el depósito del filtro era, más o menos y en piezas más pequeñas, lo que durante mucho tiempo había custodiado en el único armario de casa que tenía una cerradura medianamente decente: mi colección de minerales y rocas.
Tres. No sé si llegó a coincidir en tiempo esta afición con la de los libros. Creo, y en esto hablo tirando de una memoria bastante anémica, que, más que coexistir, se solapó el fin de una al comienzo de otra. Lo que sí puedo afirmar sin miedo a equivocarme es que la confección de mi biblioteca la llevé y la sigo llevando a cabo con criterios traídos de aquellos años. En mis anaqueles, como si de rocas y minerales se tratasen, hay lejas que acogen libros ígneos, completamente volcánicos, cuya intensidad los delata y, en muchos caso, los condena a quemar las manos de los lectores; otras lejas albergan libros sedentarios, maduros, consecuencia de un largo y enriquecedor periplo, que han rodado al antojo de la corriente, la experiencia y el descubrimiento; y otras aglutinan libros metamórficos, hechos a dentelladas, poliédricos, con aristas y filos como cuchillas, hermosos. También hay ladrillos, claro. Como en todas la bibliotecas del mundo.
Dos. Aquí van algunas incorporaciones recientes de mi colección. No les quepa la menor duda de que les pueden salvar la vida este verano. Quien está leyendo nunca se ahoga. Y quien lee en el agua, merece ahogarse. Libro ígneo: ‘Fiebre de guerra’ (Berenice, 2008), de James Graham Ballard. Libro sedentario: ‘La soledad de las vocales’ (Bruguera, 2008), de José María Pérez Álvarez. Libros metamórficos: ‘Nocilla Experience’ (Alfaguara, 2008), de Agustín Fernández Mallo y ‘Derrumbe’ (Seix Barral, 2008), de Ricardo Menéndez Salmón. También he incorporado algunos ladrillos, pero de qué nos sirve acordarnos de ellos.
Uno. Lo que más miedo me da en este mundo es abrir el filtro de la aspiradora y encontrar ahí, más o menos y en piezas más pequeñas, todo lo que durante mucho tiempo he custodiado en mis estanterías; comprobar que había un camino más corto y que nada de lo que yo creía era, a fin de cuentas, necesario. Es el miedo del coleccionista. Comprobar antes de lo previsto que no has hecho otra cosa que perder el tiempo en algo a lo que un día decidiste consagrar todos tus fines de semana. Puede, incluso, que no sólo sea el miedo del coleccionista. Puede que sea el miedo de todos.
Juan Manuel Gil
Cuatro. Muchos años después, supe que aquella búsqueda tan obcecada y sufrida, no era sino el camino más largo que uno podía escoger. Bastó con pasar la aspiradora al coche –cuando ya tuve uno- y comprobar que lo que me aguardaba en el depósito del filtro era, más o menos y en piezas más pequeñas, lo que durante mucho tiempo había custodiado en el único armario de casa que tenía una cerradura medianamente decente: mi colección de minerales y rocas.
Tres. No sé si llegó a coincidir en tiempo esta afición con la de los libros. Creo, y en esto hablo tirando de una memoria bastante anémica, que, más que coexistir, se solapó el fin de una al comienzo de otra. Lo que sí puedo afirmar sin miedo a equivocarme es que la confección de mi biblioteca la llevé y la sigo llevando a cabo con criterios traídos de aquellos años. En mis anaqueles, como si de rocas y minerales se tratasen, hay lejas que acogen libros ígneos, completamente volcánicos, cuya intensidad los delata y, en muchos caso, los condena a quemar las manos de los lectores; otras lejas albergan libros sedentarios, maduros, consecuencia de un largo y enriquecedor periplo, que han rodado al antojo de la corriente, la experiencia y el descubrimiento; y otras aglutinan libros metamórficos, hechos a dentelladas, poliédricos, con aristas y filos como cuchillas, hermosos. También hay ladrillos, claro. Como en todas la bibliotecas del mundo.
Dos. Aquí van algunas incorporaciones recientes de mi colección. No les quepa la menor duda de que les pueden salvar la vida este verano. Quien está leyendo nunca se ahoga. Y quien lee en el agua, merece ahogarse. Libro ígneo: ‘Fiebre de guerra’ (Berenice, 2008), de James Graham Ballard. Libro sedentario: ‘La soledad de las vocales’ (Bruguera, 2008), de José María Pérez Álvarez. Libros metamórficos: ‘Nocilla Experience’ (Alfaguara, 2008), de Agustín Fernández Mallo y ‘Derrumbe’ (Seix Barral, 2008), de Ricardo Menéndez Salmón. También he incorporado algunos ladrillos, pero de qué nos sirve acordarnos de ellos.
Uno. Lo que más miedo me da en este mundo es abrir el filtro de la aspiradora y encontrar ahí, más o menos y en piezas más pequeñas, todo lo que durante mucho tiempo he custodiado en mis estanterías; comprobar que había un camino más corto y que nada de lo que yo creía era, a fin de cuentas, necesario. Es el miedo del coleccionista. Comprobar antes de lo previsto que no has hecho otra cosa que perder el tiempo en algo a lo que un día decidiste consagrar todos tus fines de semana. Puede, incluso, que no sólo sea el miedo del coleccionista. Puede que sea el miedo de todos.
Juan Manuel Gil

1 inmersiones:
EN VERDAD ESTOY EN LOS INICIOS DE LA MANIA DE COLECCIONAR ROCAS Y PARA MUCHOS SERA ALGO INSOLITO Y RARO TENER " PIEDRAS" QUIZAS SEA UNA PERDIDA DE TIEMPO PERO TODAVIA NO LO VEO ASI
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