Foto: María José GázquezJavier Reverte. El libro y el viaje.
Primera jornada.
He estado junto a Javier Reverte. He entrado en la cafetería de la estación de autobuses y me lo he encontrado allí, al fondo, junto al ventanal, tomando notas en un cuaderno. Estoy seguro de que era él porque tengo varios de sus libros en casa y mi madre, cada vez que me visita y ve la fotografía de la solapa, me dice que es clavadito a un tío suyo al le perdió la pista y no sabe si seguirá viviendo en Estepona o en Mijas-Costa. Allí, en la mejor mesa de la cafetería, estaba escribiendo él del mismo modo que yo pedía un zumo de naranja bien frío, por favor. Con naturalidad. Sometido a una especie de inercia viajera que sólo conocen quienes compulsan toda la fauna y flora de las hojas de pasaporte. Curiosamente, esa impresión me ha hecho sospechar que, quizá, no estaba escribiendo porque le apeteciera o acabara de tener un idea cojonuda, sino porque es Javier Reverte, el escritor y periodista, y, a fin de cuentas, está en una estación de autobuses. Si no escribe ahí dónde va a escribir. Así cualquiera, le he murmurado al camarero. Y me he tomado el zumo de naranja de un único, valiente y traumático trago. Para que no se oxide en el camino.
Segunda jornada
Nada más abandonar la cama, me he preparado el almuerzo y he barajado la posibilidad de que el hombre de ayer, el de la estación de autobuses, no fuera Javier Reverte. Así que he buscado en google Javier Reverte + Almería. Me ha mostrado lo que sigue: Leer con la mochila al hombro. El escritor Javier Reverte reflexionará sobre el viaje y los libros en el marco del Festival del Libro y la Lectura. Lugar: Teatro Apolo. Hora: 20:30. Presenta: Juan Manuel Gil. He tecleado Juan Manuel Gil en google. Nada de nada. No ha habido suerte. Salvo que sea el mismo Juan Manuel Gil que protagonizó Florecienta y Pasión de Gavilanes. Quiera dios que no. Ese tío ha debido de acabar mal.
Tercera jornada
Este mediodía he visitado a mi madre. Y me he imaginado contándole que me he cruzado con Javier Reverte, uno de los escritores de libros de viajes más importantes de nuestra literatura actual. Ella, en mi elucubración, me pregunta que qué demonios ha estudiado para ser eso. Filosofía y periodismo, mamá. Pero, ¿se ha sacado unas oposiciones de funcionario? Creo que no, mamá. Ahora bien, ha sido corresponsal en Londres, París y Lisboa, ha trabajado en televisión española, fue subdirector del periódico Pueblo y ha escrito novelas, poemarios y libros de viajes. Me gustan los títulos de sus novelas: Todos los sueños del mundo y La noche sostenida, por ejemplo. Incluso, hace unos años, ganó un premio llamado “Ciudad de Torrevieja”. 60 millones de pesetas. Ordenaditos: uno encima de otro. Y cuando pienso que me la he ganado con tan contundente cifra, que he hecho añicos la panacea del beatus ille del funcionariado, ella me suelta que si viaja tanto gastará mucho y que ya se sabe: un viajero es un viajero, una especie de tirititero, comercial de calzado o feriante sin seguridad social. Así que he visitado a mi madre, me he callado todo esto y le he contado lo otro. Ya saben: que he visto a su tío de Estepona en la cafetería de la estación de autobuses. Joder, no ha despegado la mirada de lo que estaba haciendo. Y ha dicho: mi tío siempre fue un vividor.
Cuarta jornada
He vuelto a la cafetería de la estación de autobuses. No estaba Javier Reverte, pero luego ha aparecido. Por la mirada que me ha dedicado, creo que le ha jodido que esta vez fuera yo quien ocupara la mejor mesa del local. He barajado varias opciones para suavizar el ambiente. Psicología de primeros auxilios. La primera: Acercarme a él, presentarme y preguntarle por el Capitán Alatriste. Pero no he tardado en concluir que puede estar hasta los huevos de esta broma y empeorar sensiblemente la situación. La segunda: Aproximarme y confundirlo con el tío de mi madre que puede que viva en Estepona; el vividor, vamos. Descarto la opción por si me confirma que lo es y me dan tres microinfartos allí mismo y caigo rodeado de servilletas y colillas. Tercero: Decirle la verdad. Al final, no he llevado a cabo ninguna de las tres opciones: pago mi consumición y le dejo la mesa para que escriba.
Quinta jornada.
La verdad es la siguiente. Que me habría gustado viajar más. Escribir en las estaciones de autobuses, de trenes, de servicio. Pero que, al final, lo que una madre dice tira mucho. Así que me han bautizado funcionario. Por los siglos de los siglos. Donde no hay excomunión posible. Donde la carrera tiene más envergadura que el viaje. Y el destino más que el trayecto. Y, aunque no he recorrido África, he hecho lo más parecido: leer El sueño de África, Vagabundo en África y Los caminos perdidos de África; he saltado de Grecia a Turquía y de Turquía a Egipto en El corazón de Ulises; y he cogido la malaria, como Javier Reverte, navegando el Amazonas, leyendo El río de la desolación. La verdad es la siguiente. Que los libros de Javier Reverte se aproximan al lector para dejarlo caer en cualquier punto del planeta. Porque uno, mientras los lee, mientras los transita, tiene la sensación de estar solo ante el viaje, desvelado por lo nuevo, asombrado por lo viejo, aturdido de tanta televisión digital terrestre, de tanta conexión inalámbrica. La verdad es la siguiente. Que los libros de viajes de este escritor madrileño, esconden tras su pulso la naturalidad de lo que emerge de la pura pasión, de lo que siempre se ha soñado hacer y al final se ha acabado haciendo. Escribir y viajar. Aventurarse en ambos territorios y ser consciente de la dosis de libertad que ambas cosas entrañan. Los libros de Reverte están tan vivos y expectantes como una ciudad de madrugada, como este patio de butacas, como el tío malagueño y vividor de mi madre. En él confluyen todos aquellos, porque en todos aquellos confluye él: Chatwin, Livingstone, Willy Fog, Pier Paolo Pasolini, Gulliver y el mismísimo Ulises. Porque de eso se trata al fin y al cabo. De vida que además parece vida. La verdad es ésa. Que a mí me habría gustado que me preguntaran si soy más viajero que novelista o a la inversa, y poder contestar que novelista, por supuesto, a sabiendas de que es decir también viajero.
Sexta jornada.
Lo he comprobado. No ha sido tan difícil. El presentador del acto del jueves no es el Juan Manuel Gil de Florecienta y Pasión de Gavilanes. Al parecer también escribe. Aquí el más tonto hace relojes. Quizá le haga saber de mí.
Séptima jornada.
Primera jornada.
He estado junto a Javier Reverte. He entrado en la cafetería de la estación de autobuses y me lo he encontrado allí, al fondo, junto al ventanal, tomando notas en un cuaderno. Estoy seguro de que era él porque tengo varios de sus libros en casa y mi madre, cada vez que me visita y ve la fotografía de la solapa, me dice que es clavadito a un tío suyo al le perdió la pista y no sabe si seguirá viviendo en Estepona o en Mijas-Costa. Allí, en la mejor mesa de la cafetería, estaba escribiendo él del mismo modo que yo pedía un zumo de naranja bien frío, por favor. Con naturalidad. Sometido a una especie de inercia viajera que sólo conocen quienes compulsan toda la fauna y flora de las hojas de pasaporte. Curiosamente, esa impresión me ha hecho sospechar que, quizá, no estaba escribiendo porque le apeteciera o acabara de tener un idea cojonuda, sino porque es Javier Reverte, el escritor y periodista, y, a fin de cuentas, está en una estación de autobuses. Si no escribe ahí dónde va a escribir. Así cualquiera, le he murmurado al camarero. Y me he tomado el zumo de naranja de un único, valiente y traumático trago. Para que no se oxide en el camino.
Segunda jornada
Nada más abandonar la cama, me he preparado el almuerzo y he barajado la posibilidad de que el hombre de ayer, el de la estación de autobuses, no fuera Javier Reverte. Así que he buscado en google Javier Reverte + Almería. Me ha mostrado lo que sigue: Leer con la mochila al hombro. El escritor Javier Reverte reflexionará sobre el viaje y los libros en el marco del Festival del Libro y la Lectura. Lugar: Teatro Apolo. Hora: 20:30. Presenta: Juan Manuel Gil. He tecleado Juan Manuel Gil en google. Nada de nada. No ha habido suerte. Salvo que sea el mismo Juan Manuel Gil que protagonizó Florecienta y Pasión de Gavilanes. Quiera dios que no. Ese tío ha debido de acabar mal.
Tercera jornada
Este mediodía he visitado a mi madre. Y me he imaginado contándole que me he cruzado con Javier Reverte, uno de los escritores de libros de viajes más importantes de nuestra literatura actual. Ella, en mi elucubración, me pregunta que qué demonios ha estudiado para ser eso. Filosofía y periodismo, mamá. Pero, ¿se ha sacado unas oposiciones de funcionario? Creo que no, mamá. Ahora bien, ha sido corresponsal en Londres, París y Lisboa, ha trabajado en televisión española, fue subdirector del periódico Pueblo y ha escrito novelas, poemarios y libros de viajes. Me gustan los títulos de sus novelas: Todos los sueños del mundo y La noche sostenida, por ejemplo. Incluso, hace unos años, ganó un premio llamado “Ciudad de Torrevieja”. 60 millones de pesetas. Ordenaditos: uno encima de otro. Y cuando pienso que me la he ganado con tan contundente cifra, que he hecho añicos la panacea del beatus ille del funcionariado, ella me suelta que si viaja tanto gastará mucho y que ya se sabe: un viajero es un viajero, una especie de tirititero, comercial de calzado o feriante sin seguridad social. Así que he visitado a mi madre, me he callado todo esto y le he contado lo otro. Ya saben: que he visto a su tío de Estepona en la cafetería de la estación de autobuses. Joder, no ha despegado la mirada de lo que estaba haciendo. Y ha dicho: mi tío siempre fue un vividor.
Cuarta jornada
He vuelto a la cafetería de la estación de autobuses. No estaba Javier Reverte, pero luego ha aparecido. Por la mirada que me ha dedicado, creo que le ha jodido que esta vez fuera yo quien ocupara la mejor mesa del local. He barajado varias opciones para suavizar el ambiente. Psicología de primeros auxilios. La primera: Acercarme a él, presentarme y preguntarle por el Capitán Alatriste. Pero no he tardado en concluir que puede estar hasta los huevos de esta broma y empeorar sensiblemente la situación. La segunda: Aproximarme y confundirlo con el tío de mi madre que puede que viva en Estepona; el vividor, vamos. Descarto la opción por si me confirma que lo es y me dan tres microinfartos allí mismo y caigo rodeado de servilletas y colillas. Tercero: Decirle la verdad. Al final, no he llevado a cabo ninguna de las tres opciones: pago mi consumición y le dejo la mesa para que escriba.
Quinta jornada.
La verdad es la siguiente. Que me habría gustado viajar más. Escribir en las estaciones de autobuses, de trenes, de servicio. Pero que, al final, lo que una madre dice tira mucho. Así que me han bautizado funcionario. Por los siglos de los siglos. Donde no hay excomunión posible. Donde la carrera tiene más envergadura que el viaje. Y el destino más que el trayecto. Y, aunque no he recorrido África, he hecho lo más parecido: leer El sueño de África, Vagabundo en África y Los caminos perdidos de África; he saltado de Grecia a Turquía y de Turquía a Egipto en El corazón de Ulises; y he cogido la malaria, como Javier Reverte, navegando el Amazonas, leyendo El río de la desolación. La verdad es la siguiente. Que los libros de Javier Reverte se aproximan al lector para dejarlo caer en cualquier punto del planeta. Porque uno, mientras los lee, mientras los transita, tiene la sensación de estar solo ante el viaje, desvelado por lo nuevo, asombrado por lo viejo, aturdido de tanta televisión digital terrestre, de tanta conexión inalámbrica. La verdad es la siguiente. Que los libros de viajes de este escritor madrileño, esconden tras su pulso la naturalidad de lo que emerge de la pura pasión, de lo que siempre se ha soñado hacer y al final se ha acabado haciendo. Escribir y viajar. Aventurarse en ambos territorios y ser consciente de la dosis de libertad que ambas cosas entrañan. Los libros de Reverte están tan vivos y expectantes como una ciudad de madrugada, como este patio de butacas, como el tío malagueño y vividor de mi madre. En él confluyen todos aquellos, porque en todos aquellos confluye él: Chatwin, Livingstone, Willy Fog, Pier Paolo Pasolini, Gulliver y el mismísimo Ulises. Porque de eso se trata al fin y al cabo. De vida que además parece vida. La verdad es ésa. Que a mí me habría gustado que me preguntaran si soy más viajero que novelista o a la inversa, y poder contestar que novelista, por supuesto, a sabiendas de que es decir también viajero.
Sexta jornada.
Lo he comprobado. No ha sido tan difícil. El presentador del acto del jueves no es el Juan Manuel Gil de Florecienta y Pasión de Gavilanes. Al parecer también escribe. Aquí el más tonto hace relojes. Quizá le haga saber de mí.
Séptima jornada.
Javier Reverte ha dicho: El arte de viajar, en todo caso, supone un acto de humildad permanente, porque descubres que te equivocas más de lo que podías pensar. Tus prejuicios se desvanecen y tus principios se recortan en número, aunque se hacen más fuertes en calidad. Un buen viaje es aquel que cambia algo en tu interior, y que te enseña, a través de los ojos de otros, algo nuevo sobre ti mismo. Yo añado: un buen libro de viajes ha de conseguir lo mismo. El escritor cede al lector, en un acto de generosidad y alevosía, la posibilidad de diluir los posibles prejuicios y afilar los principios hechos puro mineral. Me temo que se el momento de viajar.
Octava jornada.
Estimado Juan Manuel Gil, aún a sabiendas de la extrañeza -o irritación, nunca se sabe- que estas jornadas hechas texto habrán provocado en usted, me he atrevido a hacérselas llegar. Dejo a su libre consideración lo que hacer con ellas. Confío en que su destino, una vez en sus manos, será el que verdaderamente merecen. A fin de cuentas, es usted el que está ahí arriba, junto a Javier Reverte, mientras yo lo miro desde este patio de butacas. Tranquilo, si no he interrumpido el acto hasta el momento, ya no lo hago. Pero hágame un favor. El último. Cállese ya. Hemos venido a escuchar a Javier Reverte. No a usted.
Octava jornada.
Estimado Juan Manuel Gil, aún a sabiendas de la extrañeza -o irritación, nunca se sabe- que estas jornadas hechas texto habrán provocado en usted, me he atrevido a hacérselas llegar. Dejo a su libre consideración lo que hacer con ellas. Confío en que su destino, una vez en sus manos, será el que verdaderamente merecen. A fin de cuentas, es usted el que está ahí arriba, junto a Javier Reverte, mientras yo lo miro desde este patio de butacas. Tranquilo, si no he interrumpido el acto hasta el momento, ya no lo hago. Pero hágame un favor. El último. Cállese ya. Hemos venido a escuchar a Javier Reverte. No a usted.

14 inmersiones:
espero que todo fuera bien ayer, y que esa camisa blanca deslumbrara al público del Apolo...
un saludo
amigo raúl, muchas gracias por tus buenos deseos. yo diría que la participación de javier reverte fue excelente, hipótica. como mi camisa blanquísima, vamos. te estoy echando de menos. sobre todo en las cervezas post-actos.
Enhorabuena por la presentación. M. A.
todo genial ¿verdad?
pero ¿qué prefieres ser funcionario, escritor o viajero?
genial,
una pena no estar alli
amigo M. A., muchas gracias.
amigo anónimo, soy un agonías: las tres cosas.
amiga luna, y este finde promete: llega anabelén.
Magnífico y divertidísimo texto, Juanma. No pude escuchar en directo las sonrisas del público y del propio Reverte mientras le presentabas, pero las imagino ahora, leyéndolo, y casi las oigo.
Abrazos.
gracias, amigo. espero que te esté yendo de lujo con tu nuevo libro. y espero verte antes de que entren los calores del mismísimo infierno. no puede ser tan difícil, amigo. no tenemos perdón. hasta pronto.
Excelente tu intervención y muy buenos los relatos viajeros de Javier Reverte. Hasta ahora, el mejor acto de Lilec.
amigo antonio, muchísimas gracias. la intervención de javier reverte ha sido la que más me ha gustado de este año. a mí también.
Escusarme tan a menudo me empieza a producir vagancia, así que esta vez no moveré un solo dedo para ello. No estuve pero me han dicho que de maravilla. ahora que lo leo, lo ratifico.
Un abrazo nadador.
Pepe
amigo pepe, muchas gracias. el hijo del ferroviario me contó que te vio por la feria. lástima que no coincidiéramos. en otra ocasión. ya están aquí los calores, amigo. nos vemos en las terrazas.
Doy fe de la verdad del acto: fue una presentación extraordinaria jamás vista en los siglos...
Como ya te felicité en directo, sólo me queda hacerlo por publicarla aquí y así poder disfrutarla "softly" y recomendarla encarecidamente a mis familiares y amigos del Norte.
Atentamente,
Jesús
amigo jesús, muchas gracias por tan intensas palabras. extiende mi imparable fama por el norte y más allá. gracias por asistir. de verdad.
Publicar un comentario en la entrada