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jueves, octubre 10, 2013

Hipstamatic - De lo que hablamos en los autobuses


En el autobús se habla de la decadencia de Madrid. Una pareja comenta que la capital está cayendo en una especie de agujero oscuro y resbaladizo del que muy difícilmente volverá a resurgir. La ciudad de Madrid está herida de muerte, dice ella. La están dejando agonizar, añade él. Guardan silencio, se besan y se amasan pesadamente. Deberíamos ir algún fin de semana, acuerdan los dos. El autobús se detiene, nos bajamos y los persigo hasta que llego a la altura de la cafetería donde he quedado. Ellos siguen caminando como si nunca fueran a dejar de caminar el uno al lado del otro. Café con leche y media tostada de mantequilla y mermelada de naranja amarga. Supongo que ella no tardará en llegar. Así que abro el periódico y encuentro el origen de la conversación. Rafael Méndez y Álvaro de Cózar han publicado en El País un texto titulado “La decadencia de Madrid”. Dicen que la ciudad está en horas bajas, que su aeropuerto recibe menos turistas que nunca, que la vida nocturna se apaga, que sus calles están sucias, que parchean las carreteras, que cierran los bares y las cafeterías, que los grandes proyectos arquitectónicos están paralizados, que su deuda resulta asfixiante, que no sabe qué quiere ser o dónde quiere estar y que el declive cultural se lo está comiendo todo. No puedo evitarlo: acabo imaginando una ciudad apocalíptica tomada por el abandono, gobernada por zombis y perros rabiosos, casi arrasada por una especie de epidemia insaciable y sitiada por un foso de aguas estancadas. La ciudad de Madrid está herida de muerte, me digo. La están dejando agonizar. Entonces el miedo cae sobre mí y me cuestiono si Almería también está en decadencia. Si alguien podría escribir un artículo titulado “La decadencia de Almería” y no estar equivocado. Pienso en nuestro aeropuerto, en el casi testimonial número de destinos y en el insultante precio de los billetes. Recuento las horas que tarda un visitante en llegar en tren desde Sevilla o Madrid. Visualizo la mierda que se acumula en algunos barrios que no desembocan en La Rambla o en el Paseo, pero que dependen del mismo Ayuntamiento que La Rambla o El Paseo. Me vienen a la memoria el mito del soterramiento de las vías, la demolición del Toblerone y la construcción de los edificios de La Térmica. Intento perfilar inútilmente el proyecto cultural que las instituciones tienen pensado para esta ciudad. Me pregunto qué fue del Festival del Libro y la Lectura, del Festival de Poesía y Música, del proyecto de rehabilitación y aprovechamiento del Cable Inglés o de la apertura de la casa de José Ángel Valente. Cierro el periódico. Supongo que ella no tardará en llegar. Más me vale

jueves, octubre 03, 2013

Hipstamatic - Cuatrocientas cincuenta palabras


Vuelve esta columna. Aumenta su extensión hasta alcanzar cuatrocientas cincuenta palabras. Unos dos mil quinientos cincuenta caracteres. Espacios incluidos y título aparte. Esta columna vuelve con el otoño, el cambio de hora, los presupuestos generales del Estado, la educación por lo suelos, la rabia por las nubes, los conciertos bajo techo, los planes de futuro, los borrones del pasado y la esperanzadora intuición de que esta vez hemos llegado a tiempo de aprovechar, al menos, un pellizco de tiempo. Así que he despejado mi mesa de libros, cuadernos, papeles, periódicos, tazas, bolígrafos, semillas y migas de pan. He pasado la bayeta y he dispuesto en una esquina lo indispensable. Aguja, hilo y dedal. Lo he hecho con el convencimiento de que hay algunos asuntos sobre los que puedo escribir con cierta solvencia, aunque esta vez no me haya decidido a hacerlo. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a todos los libros que este año leeré y comentaré con mi amigo Isidoro mientras buscamos un rato de sol. A los largos paseos que daré de aquí para allá hasta que me roben otra vez la bicicleta en ese lento instante del descuido. Cabrones, devolvédmela. A la noche de los jueves, de los viernes, de los sábados y de los domingos alternos. Estoy hablando de ese hombre de pelo blanco, labios blancos y ojos casi blancos que juró matarme antes o después, mientras inexorablemente se cerraba la puerta del ascensor. De las veces que este vergonzoso Gobierno nos pondrá el alma a dieta y aducirá razones de sobrepeso moral. De las veces que tú y yo coincidiremos en el cineclub, en el dentista, en el trabajo, en el bar, en la calle, en Instagram, en la tienda de comida para llevar y en esos poemas que tarde o temprano tendremos que leer si queremos que algo cambie. Cuatrocientas cincuenta palabras para contar que en ocasiones hay muy poco que contar, y aun así tenemos mucho que escribir. Dos mil quinientos cincuenta caracteres para nombrar con los ojos todo aquello que no pasa de la garganta o se nos amontona debajo de la lengua. Una Hipstamatic semanal. Cada miércoles. Como hoy. Que es el típico día en que se me rompe el coche, creo haber visto a Stephen King en el aparcamiento del Mercadona, me despierto un minuto antes de que toque el despertador o tengo el presentimiento de que está a punto de caer esa gran nevada que todos llevamos esperando días o siglos. Vuelve esta columna con ganas de mancharte la punta de los dedos y el cristal de las gafas. Quiero saber de ti. Sienta muy bien estar de vuelta. 

miércoles, febrero 20, 2013

Hipstamatic - La mujer invisible


Ponte en situación. El camarero le pregunta por la bebida. Buenas tardes, ¿qué desea beber la señora? La mira con atención manoseando un pequeño cuaderno y un bolígrafo mordisqueado. Ella sonríe y él simplemente estira los labios. Se mantienen así durante más de diez segundos. Que vienen a ser unos quince latidos de ambos corazones. Ella no contesta, así que el camarero vuelve a formularle una nueva pregunta: ¿Desea que vuelva en un rato? Pero nada. Más sonrisa y más silencio. El chico que toma café en la mesa de al lado, deja de mirar su móvil y se concentra en aquello que no dice ella. En la Nada que parece taponar la hemorragia de un Todo. Señora, ¿desea beber algo? Y su gesto es como un latigazo. Coge un recipiente metálico que hay sobre su mesa y lo lanza más allá de la barra. No alcanza a nadie, pero un buen puñado de tazas acaba en el suelo y algunos clientes no son capaces de reprimir los gritos. El camarero, que de repente siente frío en la espalda y en la cabeza, se queda mirando a su compañero y le hace un gesto con los hombros que no viene a significar nada. Entonces ya sí empieza el ruido. Las quejas, los insultos y las amenazas con llamar a la policía. Pero ella ya está en algún punto lejano de sí misma. Y siente que se ha desencadenado una especie de musical a su alrededor. Las lámparas tartamudean y todos, camareros y clientes, giran hasta marearse y perder el equilibrio, borrachos de tristeza. Es así como lo ve ella, que se ha puesto unas gafas de sol enormes y sonríe con más entusiasmo que antes. Porque está cansada de que nadie la vea. De sospechar que tiene la misma naturaleza que un fantasma o una sombra. Así que mientras todos bailan y cantan a su alrededor, piensa que en esa cafetería, a la que viene todas las tardes desde hace seis meses a beberse dos copas de vino tinto, ya no volverán a olvidarse de ella. Y que quizá también debería de hacer lo mismo en la gasolinera donde reposta cada lunes y le preguntan si diesel o súper. Y en el taller donde pasa la revisión del coche, en el gimnasio que hay dos calles más abajo de su casa y que frecuenta los martes y los jueves, y en la tienda de comida para llevar de los fines de semana. Lo ve claro, y todos bailan y cantan a su alrededor. Quince latidos cada diez segundos. Seis o siete corazones. Es suficiente para comprobar que ya es capaz de hacerse visible. Así que se alegra de que la música suene fuerte en su cabeza.



miércoles, febrero 06, 2013

Hipstamatic - El ruido (I)



Este personaje conduce su citröen a ciento veinte kilómetros por hora. Lo hace por una autovía, dirección al sur, y son las dos y media de la madrugada. El coche emite un ruido. Lleva haciéndolo un buen rato. De hecho, ya lo hacía a la ida. Da la sensación de que dos piezas metálicas rozan cuando las ruedas cambian de dirección con suavidad. Le baja el volumen a la radio, levanta el pie del acelerador y, sin apartar la vista de la carretera, aproxima la cabeza al volante. Y ahí está. Va y viene. O se intensifica y afloja. No lo sabe. Pero el ruido está ahí, constante, hiriente. Maldice cien millones de veces las tripas de ese cacharro y vuelve a subir el volumen de la radio. Está hablando una mujer sobre un gran terremoto, y lo hace tan insoportablemente despacio que adormece. Así que termina por apagarla y fijar la mirada en los destellos que escupen los quitamiedos. Como teme reconcentrarse en su cansancio, empieza a enumerar las hipotéticas razones del graznido que emite el coche. Y lo hace en voz alta: los discos de freno, la dirección asistida, los rodamientos, el amortiguador izquierdo. Hasta que sus reflejos le tensan los músculos de brazos, cuello y cara, y da un volantazo hacia la izquierda e intenta corregirlo con otro hacia la derecha. Sin saber qué ha pasado exactamente, se encuentra detenido muy cerca del arcén y el interior del coche huele a plástico derretido, a campo de batalla. En apenas dos segundos, apaga el motor, se quita el cinturón y sale afuera. Los faros siguen encendidos. Tiene la sensación de que un animal salvaje se le ha cruzado. De hecho, si cierra los ojos, puede reconstruir en su imaginación lo que parece un enorme espinazo de pelo recio. Podría decirse que de un jabalí muy oscuro. Tan oscuro como la mismísima nada. ¿Estás bien? Al principio cree que es él mismo quién se hace la pregunta, como si fuera una especie de mecanismo interno contra el miedo o la noche. Pero la segunda vez que la escucha sabe que no es así. La pregunta viene del exterior, se le cuela entre las costillas y se aloja en su pecho. Amigo, ¿estás bien? Es un hombre de unos cincuenta años y viste, a pesar de las bajas temperaturas, unos vaqueros, una camiseta blanca de manga corta y unas zapatillas deportivas. Su voz parece rebotar en el frío y las luces del citröen lo envuelven como si quisieran engullirlo. Te has debido de dar un buen susto. Era una auténtica bestia. ¿Estás bien?

miércoles, enero 23, 2013

Hipstamatic - Diario de invierno


Acabo de leer Diario de invierno. Anoche lo terminé. Es uno de los últimos libros del escritor Paul Auster. Lo cierto es que me lo compré hace ya algún tiempo, pero no me decidí a hincarle el colmillo hasta que me entregué a la lectura de Aquí y ahora, la correspondencia cruzada entre Paul Auster y J. M. Coetzee, y a la que, en unas semanas, tengo pensado dedicarle uno de estos artículos. En una de las cartas que aglutina este volumen, el escritor norteamericano dice que ha abandonado la escritura de un libro cuando ya lo tenía en una fase bastante avanzada. Aquello le inquieta. Le produce cierta desazón. Tanto es así que llega a preguntarle a Coetzee si él se ha visto en una situación semejante a lo largo de su larga y honda carrera literaria. Lo cierto es que, para sorpresa mía, poco después se puede leer en otra carta que ya está escribiendo otro libro. Y un poco más adelante, que ya lo ha terminado. Por la información que da, se puede deducir que es Diario de invierno. Y el tiempo que transcurre entre el abandono de un libro y el punto final del nuevo no sobrepasa los cinco meses. ¡Cinco meses! Y esto es precisamente lo que me lleva a pensar, mientras reprimo mis ganas de arrojar el portátil por el balcón: joder, qué capacidad de producir literatura.

Como digo, anoche terminé de leer Diario de invierno. No pude contener el deseo de comprobar qué era capaz de idear, escribir y corregir este hombre en un plazo de cinco meses. Y a decir verdad, aunque me ha parecido un libro irregular, tal y como me lo parecieron algunos de sus últimos títulos, creo que tiene algunas páginas memorables. Estoy hablando de una parte muy concreta del libro. Aquella en la que el narrador enumera y se adentra en cada una de las casas donde el personaje principal, un “tú” que viene a ser el propio Paul Auster, ha vivido a lo largo de sesenta y tantos años. Veintiún domicilios permanentes, los llama él. Porque mientras estoy leyendo y me dejo seducir por cada una de las habitaciones y de sus ruidos, de los crujidos del suelo y los planes de futuro, de las equivocaciones y las segundas oportunidades, empieza a quedarme claro que para escribir según qué cosas lo de menos son los cinco, ocho o doce meses que inviertes en la tarea. Entonces no me queda otra que buscar mi cuaderno, tomar nota y encajar el golpe. Sobre todo eso: encajar el golpe.

miércoles, diciembre 12, 2012

Hipstamatic - Navidad


                                                                                                                                  Imagen: Carmona Errata
Feliz navidad. Ya está aquí el tiempo del amor y la paz por aspersión. Inventen chimeneas hogareñas y repongan las botellas de anís religiosamente. Que los contadores de la luz giren con el brío de los villancicos y del parpadeo epiléptico de las luces. Defiendan la navidad, coño. Que es una vez cada doce meses. Tampoco van a dejarse la vida en ello, que se quejan de vicio. Les hago una advertencia, eso sí: no les va a resultar tan fácil cómo imaginan. Hay algunos contratiempos. Nada insalvable, como es lógico, pero tenemos que prepararnos cuidadosamente. Deberán estar muy atentos a lo que viene a continuación.

Les hablarán de bancos de alimentos, de gente pasando hambre, de muchísima desesperación. Pero están exagerando. No hace falta que yo lo diga. Se les ve en los ojos. Están deseando contaminar nuestro ánimo con ese asunto de los desahucios, de la privatización de la sanidad pública y de los recortes en educación. Abandonemos ya la demagogia barata, señoritingos. ¿Es que ni siquiera vamos a respetar la navidad? Esta gente es golpista por naturaleza. (Esto lo he escuchado por ahí). Es más, os invitarán a hacer huelga en defensa de vuestros derechos, a protestar en nombre de las injusticias sociales, a exigir la dimisión de políticos de dudosa reputación o a gritar a los cuatros vientos esa manida cantinela de que a los bancos sí los rescatan pero a los ciudadanos no. Menudo discurso. ¿Aún no han descubierto que la realidad es algo más compleja que todas esas proclamas? Ustedes, cuando sean abordados, tienen que intentar que se queden con alguna de estas cuatro ideas básicas: 1) Qué rápido izamos la bandera de los derechos y qué bien doblamos y guardamos la de los deberes. 2) Señores, ¿huelga? Que ustedes al menos tienen trabajo. ¿Lo han olvidado? 3) Con qué energía demandan la dimisión de quienes nos guían ahora y qué calladitos estaban cuando gobernaba el de la ceja. Eso es jugar sucio. 4) ¿Salvar los bancos? ¿Pero ustedes saben cómo funciona el sistema financiero? Nosotros somos ese sistema financiero. Si los bancos caen, queridos amigos, nos convierten en una plasta viscosa. Más vale que se mantengan erguidos durante muchísimo tiempo.

En fin. Más o menos en esa línea. Con estas cuatro ideas –muy de andar por casa, por cierto-, quizá puedan evitar que les amarguen la navidad. Con las cuatro ideas, y con lo de antes: chimeneas, luces de navidad, villancicos y anís. Sobre todo anís.

miércoles, diciembre 05, 2012

Hipstamatic - Mirar y escuchar


No sé si vosotros acostumbráis a mirar y escuchar lo que no os incumbe. Escrito así y leído en voz alta suena bastante raro. Pero no hay por qué alarmarse. No es peligroso por ahora. Pongo algunos ejemplos prácticos para explicarme mejor. Llegáis a una cafetería, os pedís un té verde y acabáis con el tímpano, el estribo, el caracol y el martillo metidos en la conversación de esos camareros tan jóvenes y predispuestos a simplificar el mundo. Os sentáis en la parada del autobús, justo entre la mujer perfumada y el hombre de camisa de cuadros, y os ensimismáis en la vehemente conversación telefónica que ocupa a la chica de pelo corto y, además, negrísimo. Entráis en casa de vuestros padres, posáis la llave –que aún conserváis, por cierto- en el pequeño cesto del taquillón, os dejáis caer en el sofá, suspiráis con fuerza y os sentís seducidos por los tacones de la vecina del piso de arriba. Os levantáis muy temprano, os asestáis una ducha que va directamente a las sienes, desayunáis con desgana y esperáis a que vuestros vecinos –qué demonios le habrá visto ésa a ése- salgan de casa para coincidir en el maravilloso ascensor de las primeras horas del día. Al volver del trabajo, echáis un vistazo al buzón y, cuando el cartero ha deslizado un sobre que no os pertenece, lo abrís primorosamente una vez que habéis cerrado la puerta y las persianas de casa. Rastreáis en las distintas redes sociales los perfiles de los amigos, de los amigos de vuestros amigos y de los amigos que decidisteis que dejaran de serlo en algún momento grandilocuente de vuestra vida. Leéis en la sala de espera del dentista, del ginecólogo, del alergólogo, del urólogo, del dermatólogo y del psicólogo con todo vuestro sistema nervioso depositado en la mujer de mediana edad, con bolso de piel verde botella y paraguas casi sin estrenar que también lee una revista de curiosidades científicas. Os mostráis abstraídos en el tren, mientras intentáis leer el título de la novela que lee la estudiante de Historia del arte, sin dejar de ojear el portátil abierto del hombre con gafas de pasta y, a la vez, os mecéis con la música atávica que escupen los cascos del niño con sudadera, gorra y ojos saltones. Bueno, pues a todo eso me refiero cuando me pregunto si vosotros sois personas de mirar y escuchar lo que no os incumbe. Porque yo sí. Lo comento a modo de presentación. No vayamos a llevarnos sorpresas.

miércoles, noviembre 21, 2012

Hipstamatic - Altamente improbable


Está en la habitación de los libros. Atado de pies y manos y con una buena mordaza de trapo grueso. A primera vista pudiera parecer algo adormecido, pero quiero dejar claro que yo no le he suministrado sedante alguno. Quizá se trate del trastorno y el sopor propios de este tipo de refriegas. No lo sé. O del miedo. Porque yo también lo tendría. Pero que conste que no ha habido narcóticos de por medio: no tengo nada de eso en mi cajón de las medicinas. Además, no me alegro de que todo esto haya desembocado en una situación tan comprometida, ni creo que ustedes vayan a aprobar mi comportamiento. Me conformo con que al menos reconozcan que lo Altamente Improbable también ocurre, forma parte de nuestras vidas y que, antes de que tenga lugar, muy difícilmente uno es capaz de pronosticarlo. Partiendo de ese hecho, estoy dispuesto a firmar mi confesión.


Confieso que he secuestrado a un hombre. Lo tengo atado y amordazado en la habitación de los libros. Y poco es para lo que verdaderamente se merece. Al principio, yo esperaba sentado en la fila dieciséis y él en la fila quince de la sala cuatro de esos cines que tenéis en mente. Todo estaba oscuro, así que ni sospechaba la cara de capullo de la que era poseedor. Sí puedo decir, en cambio, que dejaba muy claro cuál era el lugar preciso que ocupaba en este mundo: chascarrillos en las escenas trascendentales, confidencias salivosas al oído de su acompañante y comentarios cinéfilos a la altura de un tertuliano de Garci: “¡Chiquillo, no abras esa puerta!” o “Los regalices lo tenías tú, ¿no?”. En mi defensa diré que siempre me he considerado una persona paciente y comprensiva con la estupidez rechoncha de quienes suelen hablar en el cine. Pero su obligación era tener el móvil en silencio y, por supuesto, no atender bajo ningún concepto esa llamada en mitad de la sala. Ni siquiera simulando una afonía. Cómo cojones hay que explicarle a esta gente que en el cine no se atienden llamadas. ¿Tan difícil es asumir que no se trata del salón de su casa? Individuos como el que tengo en la habitación me sacan de quicio. Terminan buscándonos problemas. Yo digo que desencadenan en mi vida –quizá también en la tuya- episodios Altamente Improbables. Os juro que hasta que no iba de camino a casa con el tipo metido en el maletero no he sido consciente de que algo así estaba ocurriendo. Como tantas otras veces, claro.

miércoles, noviembre 07, 2012

Hipstamatic - La fiesta salvaje


Hoy se inaugura lo que llevas esperando todo el año. Para ser más exacto, la Feria del libro, del disco y del cómic. Todo bien agitado y mezclado en la Plaza Vieja de nuestra ciudad. La verdad es que no me disgusta que libros, cómics y discos sean secuaces de una misma historia. Es más, me encanta la idea y habría agradecido la necesaria incorporación del vino a esta gran fiesta. Lo digo en serio. Feria del libro, del disco, del cómic y del vino. No. Espera. Feria del libro, del disco, del cómic, del vino y del caballo. Mejor aún: Feria del libro, del disco, del cómic, del vino, del caballo y exponovias. No me digan que no. Íbamos a petar el panorama. Seguro que la plaza reventaba en bullicio y el ochenta y cuatro por ciento de los almerienses viviríamos los cinco días más felices de nuestra vida. Pero bueno, ahora mismo es lo que es, tenemos lo que tenemos, se trata de lo que se trata, hablamos de lo que hablamos y nos centramos en la Feria del libro, del disco y del cómic, que, como fiesta que es, puede acabar en una celebración tremendamente salvaje. ¿Qué no me crees? Eso ya ha ocurrido, hombre de dios. Cuando Luis Alberto de Cuenca, Loquillo, Sergi Arola, Soledad Puértolas, Javier Reverte, Manuel Rivas, Maite Dono, Félix Romeo, Harkaitz Cano, Estíbaliz Espinosa, Juan Bonilla, Antonio Orejudo, Juan Madrid y muchísimos más se paseaban por La Rambla de nuestra ciudad a finales de mayo y principios de junio. Se hablaba de cine, de música, de moda, de cocina, de literatura, de cómic y de graffiti. Aquella cosa rara –nostalgia pura- se llamaba Lilec. Festival del libro y la lectura. Y algún día, cuando todos seamos un poco más viejunos, haremos otra fiesta –también tremendamente salvaje- para decirles a los más jóvenes del lugar que Lilec fue la repanocha, y así aprovechar y hacer entrega de una genuina espada láser a sus inventores: Ana y Pedro. Al menos yo lo creo así. Ahora le toca tirar los dados a la nueva versión de nuestra Feria del Libro. Ya sabéis, libros, discos y cómics. Y le deseo toda la suerte del mundo. Corren tiempos muy difíciles para aquellas cosas que merecen la pena, así que no estaría de más que nos pasáramos por la Plaza Vieja a manosear algunos libros y escuchar música en directo. Y si llueve, pues mejor. De hecho, mira tú por dónde, se me acaba de ocurrir: ¿qué te parece si quedamos?

lunes, noviembre 05, 2012

Hipstamatic - Señales


Estamos saliendo de la crisis. Ya sabes que no lo digo yo. Lo afirma nuestra ministrísima Fátima Báñez. Ella, que es de córnea fina y fibrosa, ve señales esperanzadoras donde otros vemos una mancha de humedad con forma de entidad divina. Las ve con nitidez. Sale del sueño, deja caer suavemente sus párpados y lo vislumbra todo. Lo tiene claro-clarinete. No se trata de un optimismo vacío. Es el relato de la realidad circundante. La Realidad con mayúscula inicial. Gorda y oronda. La suya. Pero también la tuya y la mía. La nuestra. Y ojo ahí, porque no estamos hablando de cualquier enunciado: “estamos saliendo de la crisis”. Repítelo en voz alta y sujétate los dientes. ¿Cómo suena? ¿Raro? ¿Se te ha puesto cara de gilipollas? A ver, no te ofusques. Lo que pasa es que nosotros no sabemos mirar la realidad circundante de esa manera. No estamos acostumbrados a muscular nuestra córnea del mismo modo que ella lo hace. Es como dar cera y pulir cera, pero con los ojos. Si los trabajamos a diario y de esa forma específica nos pasará exactamente lo mismo que a nuestra ministra de Empleo. Es decir, que donde ahora sólo vemos más de cinco millones y medio de desempleados, conseguiremos vislumbrar una señal esperanzadora, una luz inmaculada al final de un camino oscuro. Voy más allá con lo milagroso del asunto. Que cuando contemplemos sobrecogidos las imágenes de familias desahuciadas por cajas y bancos, podamos advertir en sus gritos la salida de esta emponzoñada crisis financiera. Y que nada más leer los testimonios desesperados de quienes se quedan sin el apoyo de la Ley de dependencia, o de esas personas que tienen que recurrir a un banco de alimentos para salir adelante, seamos capaces de atisbar en su sufrimiento y rabia un horizonte azul, tenso y humano. Entonces, y sólo entonces, lo podremos decir tal y como lo afirma ella. Estamos saliendo de la crisis, no es un optimismo vacío y es el relato de la realidad. Uno, dos y tres. Crisis, optimismo y realidad. Ahora bien, mientras no ejercitemos la musculatura de la córnea, el iris y la pupila no estaremos en situación de ver las evidentes mejorías. Y se nos seguirá poniendo cara de gilipollas cada vez que el ministro de turno tenga tan poco apego a la calle que se atreva a decir una barbaridad como la que nos ha regalado Fátima Báñez.

miércoles, octubre 17, 2012

Hipstamatic - Michel Houellebecq


Esta semana pasada ocurrió lo que nunca debió ocurrir. Eso que sueño cuando una indigestión me abraza la boca del estómago o una fiebre se me encierra en los ojos. Eso que a uno le cuesta asimilar porque tritura la letra pequeña del pedacito de buena suerte que le corresponde en vida. Pues exactamente eso ocurrió hace apenas unos días. Eso que ahora es esto y que escribo gritando: Michel Houellebecq estuvo recitando en Antas (Almería) y no me enteré. No se puede ser más desgraciado. A unos setenta kilómetros de mi casa, y yo no me enteré.


Todo comenzó el domingo por la mañana. Después de prepararme el café y la tostada de aceite y sal, me puse frente al ordenador con la intención de trabajar un rato. Nada. Resistí poco. Entré en Facebook y estuve navegando en círculo hasta que la mañana se resquebrajó y empezó a ponerse verdaderamente fea. Fotografías y fotografías y más fotografías emergían de mi pantalla. En todas ellas Michel Houellebecq aparecía acompañado de algunos de mis amigos. Fumando. Sonriendo. Charlando. Mirándose. Michel Houellebecq. El escritor francés. Mis amigos. Cabrones afortunados. Escuchando, escribiendo, gesticulando. Michel Houellebecq. Maldita sea. Michel Houellebecq. Si hasta lo metí como personaje en una novela y tiene un anaquel exclusivo en mi biblioteca blanca de Ikea. El escritor francés. Las partículas elementales o La posibilidad de una isla. Todo ese tema. Michel Houellebecq.

He tardado días en reponerme. He estado jodido. Este asunto me ha dejado tocado de la cabeza. No he querido que me cuenten nada sobre esa tarde de sábado en los bajos de la oficina de correos. No sé si lo soportaría. Lo anunciaron en prensa y en las redes sociales. ¿Cómo no lo leí? ¿Cómo no supe de la presentación a las ocho y media en Antas? ¿Cómo no me topé con ese acto que había organizado la Asociación Cultural Argaria? Ahora tengo miedo de que sigan ocurriendo cosas que no deben ocurrir. Ya saben. Cosas terribles. Cosas que tengan que ver con Don Delillo, Philip Roth, Paul Auster, Carol Joyce Oates o Richard Ford, por poner algunos ejemplos. Cosas que ocurran en nuestra ciudad o provincia y de las que yo no tenga noticia. Me puede el miedo. Michel Houellebecq volvió a Almería, yo no me enteré y eso no debió ocurrir nunca.

miércoles, octubre 10, 2012

Hipstamatic - Un western


Esta mañana, de camino al trabajo, me he topado con un densísimo banco de niebla. No me ha sorprendido, la verdad. En esa zona, en las primeras horas del día y en esta época del año, es muy normal que florezcan buenos y fuertes campos de niebla. De hecho, la extrañeza me la habría provocado la situación contraria: que el mes se hubiera ido y la niebla no hubiera abandonado su escondrijo de piedra.

Esta mañana, a los pocos kilómetros de abandonar la autovía y seguir por la carretera comarcal, la espesura era tal que no me ha dejado más remedio que apartar el coche y detenerlo donde buenamente he podido. Para ser exactos, bien entrado un camino pedregoso que si tuviera que ubicar ahora mismo, dudo mucho que pudiera hacerlo con facilidad. En cuanto he perdido de vista las luces rojas del coche que me precedía y la niebla me ha engullido, se ha apoderado de mí esa sensación tan humanamente humana de estar a punto de caer por una grieta que conecta con el mismísimo infierno. Así que me he detenido, he salido del coche, he echado un vistazo a mi alrededor, he vuelto a entrar, le he dado volumen a la radio, he reclinado el asiento y así me he quedado un buen rato a la espera de que la carretera se dibujara de nuevo. Veinte minutos. Quizá treinta.

Cuando el tipo ha golpeado la ventanilla, porque es eso lo que ha ocurrido, que un tipo ha golpeado mi ventanilla, yo estaba centradísimo en la teoría que un economista se afanaba en desgranarnos en la clásica tertulia mañanera de la radio. Toc, toc. Un golpe más en el cristal y muy probablemente me habría provocado un ramillete de microinfartos y un sagrado ocular de consecuencias irreversibles. Vamos, que del susto me ha centrifugado los chacras. Sin bajar la ventanilla, le he hecho un gesto con la cabeza. Así que él, no exento de amabilidad, me ha pedido que la baje y me ha dicho más o menos esto:

Disculpe, esto es un camino privado. Aquí no puede quedarse. Más allá hay una estación de servicio. No creo que tenga problemas en llegar. Aquella de allí es mi casa, ésas son mis tierras y éste es mi camino. ¿Vale? Si quiere yo le indico para dar la vuelta. Llegado este momento ha hecho una pausa, ha mirado sus zapatos o el barro de sus zapatos y ha continuado hablando. ¿Te manda mi hermano? Es eso, ¿verdad? Pues le va a decir algo de mi parte. ¿Me está escuchando? Dígale que la próxima vez seré yo quien vaya a buscarle.

miércoles, octubre 03, 2012

Hipstamatic - Lila´s Café


Quienes han leído esta columna alguna que otra vez quizá tengan constancia de mi extraña y morbosa relación con los espacios. Aquí he tenido oportunidad de reflexionar sobre el rincón que me reservo en casa para trabajar durante todo el tiempo del mundo, sobre la atracción que despiertan en mí los lugares que el cine y la literatura han colado en los mapas de carretera o sobre una Almería huraña y encantadora que sólo me atrevo a perfilar en el cuaderno si es con jugo de limón. Son tres ejemplos. Pero a lo largo de las más de sesenta Hipstamatics publicadas en este periódico, el espacio, de una forma evidente o diluida, siempre ha estado serpenteando entre estas líneas, y mucho me temo que seguirá haciéndolo durante algún tiempo más.

Hoy, sin ir más lejos, es uno de esos días. Vuelve a ocurrir. Me preparo algo para beber, enciendo el ordenador y no me saco de la cabeza el Lila´s Café. Si vives en la ciudad, es muy probable que lo conozcas o hayas oído hablar de él. Un bar especializado en riquísima gastronomía francesa, con cócteles cuidadosamente exactos y alejadísimo del maldito ruido de fondo. Creo que sé de este lugar desde hace un par de años. Y aunque mis visitas suelen ser muy esporádicas, siempre que salgo de allí me llevo conmigo una extraña sensación de pertenencia.

Al Lila´s Café le sienta bien la lluvia. Parece que tuviera la mismísima voluntad azul del invierno. No me preguntéis por qué. Quizá sea porque los trenes no andan muy lejos de allí o por esa música tan de bufanda y guantes que suena todo el rato. Ya os digo que no lo tengo nada claro. Pero lo cierto es que una vez que estás dentro no te importaría que empezara a llover con furia en toda la manzana y el agua hiciera ese ruido que hace el agua contra el agua cuando todo se antoja perfecto. Quizá eso explique que la gente, mientras los camareros van y vienen despacio y el cine resuena mudo en la pared del fondo, sea consciente de una lluvia que nadie nombra por miedo a que no termine de llegar. Aunque, insisto, sólo es una rara suposición. Porque, en realidad, la única certeza con la que se sale de allí es la del Chablis entrando en el cuerpo y buscando acomodo en los ojos y en la nuca.



miércoles, septiembre 26, 2012

Hipstamatic - Ejercicio de redacción


Uno no puede dejar pasar septiembre sin haber escrito su clásica redacción. Ya saben. Esa que te pedía el maestro de lengua castellana y literatura y que te colocaba frente al espejo de tu mediocridad estival. El epígrafe solía decir más o menos así: Escribe una redacción en la que cuentes algún episodio interesante que hayas vivido este verano. Cuida la caligrafía. Presta atención a la ortografía. No olvides que existen los signos de puntuación. Ahí es nada. Moco de pavo. Era terminar de copiar el enunciado en mi cuaderno de doble raya y sentía cómo el sintagma episodio interesante empezaba a fermentar entre mis hemisferios cerebrales. Y me explico. Por entonces, yo entendía que mis veranos no eran muy de episodios interesantes. Ni siquiera de episodios a secas. A mi juicio, mis meses de julio y agosto estaban formados por una sucesión de algaradas sin orden ni concierto que, en muchos casos,  transitaban por las costuras de la ley del menor. ¿Y qué consideraba yo episodios interesantes? Pues lo que otros –pocos, todo sea dicho- leían de pie y en voz alta en mitad de clase: un viaje a un pueblo perdido en mitad de la serranía, la visita inesperada de unas primas exóticas, la experiencia de subir en un avión por primera vez o irse de campamento junto a otros amigos, por poner algunos ejemplos. Esos sí eran episodios interesantes. Lo nuestro era más una cuestión de hacerles la vida imposible a los gatos del barrio, sacrificar animales escamosos que entendíamos perjudiciales para nuestra sociedad, introducir petardos en rendijas, envases y buzones, arrojar fruta blanduja desde azoteas estratégicas y algunas otras actuaciones que no confieso por temor a que no hayan prescrito. Así que siempre que llegaba septiembre y el maestro de lengua pedía aquella redacción basada en hechos veraniegos y, además, interesantes, le sacaba punta al lápiz y mentía como un rufián. En aquellos ejercicios sobre veranos ficticios, estuve visitando la ciudad francesa en la que trabajó mi padre durante sus años mozos, alquilamos una casa en la ciudad natal de mi madre para pasar un par de semanas del mes de agosto, hice excursiones por pueblos que me resultaban fáciles de escribir y me regalaban bicicletas a diestro y siniestro. El maestro nunca me dijo nada sobre aquellas redacciones. Intuyo que a él lo que le importaba era lo otro: la caligrafía, la ortografía y no olvidar que existen los signos de puntuación. Por entonces, lo que nadie sospechaba era que algún día me dedicaría a escribir mentiras como un rufián. Mentiras muy parecidas a ésta.

miércoles, mayo 30, 2012

Hipstamatic - Sumario


Mientras comienzo a escribir el artículo siguen ocurriendo algunas cosas. Lo que viene a continuación es un sumario que recoge algunas de ellas. La prima de riesgo merodea los quinientos quince puntos básicos. La bolsa española sigue aflojando y retrocede un dos coma treinta y cuatro por ciento a su cierre. El grupo Bankia se desploma tal y como ha venido sucediendo desde que se destapó el agujero que escondía. Se acaba de conocer que un exdirectivo de este banco se lleva catorce millones en concepto de pensión y prejubilación. Otro directivo de Cajamadrid tiene derecho a más de seis millones de euros por acogerse a un expediente de regulación de empleo. El Partido Popular rechaza frontalmente que los exresponsables de este grupo bancario tengan que dar explicaciones, a pesar de que las ganancias que declararon ocultaban pérdidas de más de tres mil millones de euros. Bankia recibirá diecinueve mil millones de ayudas públicas, que se suman a los más de cuatro mil millones de euros con que se recapitalizó la entidad. El gobierno cree perjudicial que el gobernador del Banco de España nos explique qué está pasando. El sector público ha perdido ciento quince mil empleos en los últimos seis meses como consecuencia de los planes de austeridad. La Xunta de Galicia deja caer que hay Ayuntamientos que están a punto de suspender pagos. El presidente del gobierno nos indica que es un mal momento para pedir a la Iglesia que pague el IBI. El máximo representante del Consejo Superior del Poder Judicial ni dimite ni se avergüenza por sus viajes a Marbella –sin especificar motivo- durante algunos fines de semana. En los últimos días han sido imputados el exdelegado de Trabajo y Seguridad Social de Sevilla, el alcalde de Murcia y el número dos del Partido Popular en esa comunidad. Lejos de adoptar medidas que reactiven el consumo, la facturación del comercio minorista baja un nueve coma ocho por ciento en abril. Lejos de alcanzar el objetivo de déficit –piedra angular de la economía creativa-, en cuatro meses ya hemos superado el setenta por ciento de la cifra fijada para este año. Y hasta aquí. Ya está. Esto es lo que tengo que decir hoy. No hay una reflexión final. Tampoco un giro sorprendente. No ocurre nada asombroso. Sólo ellos: Mariano Rajoy, Luis de Guindos, Rodrigo Rato, Cristóbal Montoro…


miércoles, mayo 23, 2012

Hipstamatic - Amigdalitis




Ahora resulta que sufro de amigdalitis crónica. Esta mañana me lo ha dicho el otorrinolaringólogo. Al parecer mis amígdalas están cubiertas por una especie de surcos y pequeñas cavidades que hacen que esa zona sea un gran lugar para el veraneo de bacterias. ¿Estoy jodido, doctor?, le he preguntado con cierta afectación. No digas gilipolleces, me ha parecido leer en su mirada. Según me ha explicado, esta dolencia mía no viene de ahora. La arrastro desde hace bastante tiempo. No hablo de unos años. Tampoco hablo de mi adolescencia o de mi infancia. Al parecer esta amigdalitis empezó a fraguarse hace millones de años. Eso me ha dicho. Por la misma época en que cristalizaban conceptos tan variados y distintos como el amor, el tiempo, el vacío, el poder, la palabra, el secreto, la distancia, el placer, el silencio o el mismísimo deseo. Por poner algunos ejemplos, me ha soltado el laringólogo desde el otro lado de la mesa. Para ser sincero, me ha llamado muchísimo la atención que mi amigdalitis se generara a la par que el amor y el deseo. No veo normal que compartan génesis cosas tan dispares en significante y significado. Pero no soy yo quien tiene una pared de una sala de espera con una orla de la facultad de medicina de la Universidad de Granada. En fin, que el diagnóstico ha tronado en la consulta. Tal y como suena si lees esto en voz alta: Padeces una amigdalitis crónica y, además, prehistórica. ¿Usted no había notado nada antes?  Y yo, la verdad, a lo largo de mi vida he disfrutado de los beneficios del amor, he lamentado el castigo del tiempo, me he quedado vacío para volver a sentirme pleno, he ansiado mezquinamente el poder, he buscado la palabra exacta, he padecido la distancia, se me han afilado los colmillos al hablar de placer,  he guardado silencio y he deseado casi todas las cosas de este mundo. Pero esta dificultad al tragar, esta ligera y constante inflación de garganta, este dolor irradiado hacia la base del cuello, esta presencia fantasma en la faringe, esta amigdalitis crónica y, además, prehistórica no estaba ahí hace unas semanas. Eso lo aseguro sin miedo a equivocarme. Que estuviera escondida ahí durante siglos, bueno, lo puedo aceptar. Yo a estas alturas no me asusto de nada. Pero la amigdalitis se ha manifestado de golpe. Exactamente como lo habría hecho el amor o el silencio. 

miércoles, mayo 16, 2012

Romanticismo

Puede ser que concentre en alguno de mis órganos vitales residuos de romanticismo.  Sólo es una hipótesis. Noto algo invasivo en mi interior. Me atrevo a imaginar que su naturaleza se asemeja a la del plástico fundido o a la del incansable musgo o a la de la dentadura de un perro. Está ahí como un peso, una alucinación, un cepo o una huella prehistórica. Y creo que me tiene donde quería tenerme: consciente de su presencia y temeroso de su poder. Este romanticismo deslocalizado, que así lo quiero llamar, es el que me lleva a defender que mi corazón es un hormiguero en construcción, por ejemplo. Es el que me revela que la sinrazón del sueño obedece a verdades olvidadas, que tus ojeras son hojas verdes y no raíces, que se puede ir más allá del peligro, que soy capaz de albergar tanta rabia como descanso y que a veces tengo que hablar en una idioma formado por semillas para acabar diciendo estas cosas tan extrañas. Este romanticismo me lleva a exonerarte de toda culpa, a prometerte interminables extensiones de tierra en África o en Oriente, a olvidarte como tú quieres ser recordada y a buscarte en la etimología de casi todas las palabras.  Así podría estar hasta el cierre de este texto, pero, para ser sincero, no siempre actúa el romanticismo deslocalizado. Cosa que agradezco, por cierto. Me he dado cuenta de que soy inmune a él cuando estoy en el pasillo charcutero del Mercadona, cuando no tiendo la ropa velozmente y me coge humedad, durante las dos horas posteriores a la vacuna de la alergia, poco después de un consejo de ministros y en mitad de una canción de Macaco. En todas esas situaciones el romanticismo se inhibe y soy capaz de comportarme como se espera que lo haga alguien como yo. Como un hombre que no delira y no acaba hablando de hormigueros en el corazón, que desconfía de la ilógica de los sueños, entiende las ojeras como lo que son y no promete latifundios que nunca tuvo en su patrimonio.  Un hombre que simplifica. Un hombre de sujeto, verbo y complementos. No más allá. Un hombre que se viste por los pies y no se complica la vida buscando el viaje poético de los neutrinos o confundiendo estúpidamente la imaginación con la memoria. No quiero ser un romántico.

miércoles, marzo 14, 2012

Hisptamatic - Manual de primavera



En esta columna no hay crisis. No tiene cabida. Cuatrocientas y pico palabras sin destrucción de empleo, sin objetivos de déficit, sin bajadas de sueldo, sin reajustes en las becas, sin reformas laborales y sin recetas médicas a un euro. No hay nada de eso. Esta columna es un manual para que imagines, dibujes y muerdas la primavera. La que está a punto de estornudarte en la cara. Porque este año las carreteras llegan cargadas de vinagretas, grillos y estampados frutales. Así que es el momento de dar el salto y quedarte suspendido en el aire, de inventarte el cóctel del eterno fin de semana, de que se te desparrame la imaginación –el petróleo de nuestro siglo- y te obligue a nadar en ella.  Que le den por culo a la crisis. Vete a la calle y hazte pasar por un pez gordo de Silicon Valley. Apenas estés dispuesto a mover el mundo con un punto de apoyo, te lloverán las amistades en facebook, te caerán las preguntas que te sabes y se te subirá el guapo a las mejillas. Es la amenaza que trae entre los pistilos esta primavera: que todo sea muchísimo mejor. Mejor que antes. Mejor que cuando estábamos mejor. Por eso, ahora que estás a tiempo, decide qué vas a leer durante estos meses, a quién vas a llamar en horario de tarifa plana y qué vas a contestar cuando desde el portero automático te pidan que bajes a tomar algo. Si llevabas tiempo dándole vueltas a eso que tú sabes,  escríbelo en twitter y que se convierta en  trending topic. Esta primavera va a llegar como un disparo de hierba. ¿Qué pasa? ¿Que te parece demasiado optimista? ¿Qué se asemeja a un anuncio de Ikea? Pues a mí todo lo que tiene que ver con la crisis y sus responsables me tiene asfixiado. Apesta y duele. Parece una mala película que alimenta el pánico y la desgracia. No hay cómo masticarla y tampoco sabemos escupirla. Así que permíteme que continúe por donde lo dejé. Esta primavera va a llegar como un disparo de hierba. Es cuestión de que nuestras ganas también viajen a la velocidad de la luz. Por lo pronto, vamos a vernos en algún sitio. Llegan días de sol y tienes que contarme de qué te ríes tanto. Algo me dice que yo también me voy a reír. 

miércoles, marzo 07, 2012

Hipstamatic - Kindle



Tarde o temprano tenía que ocurrir. Ya tengo mi primer lector de e-books sobre la mesa. Un regalo delicioso. Concretamente un Kindle de Amazon con 2 GB de capacidad y conexión a Internet vía wifi. Pero no me condenen aún. Hagamos una cosa: vayamos al principio. Hace muchísimo tiempo que todo esto comenzó.
En casa tengo una buena biblioteca. En cuanto apilé algo de dinero compré siete estanterías Billy con sus respectivos altillos y apretujé todos mis libros en ellas. Me emociona decirlo. Siempre he estado muy orgulloso de mis pequeños: esos volúmenes tan distintos entre sí y, a la vez, tan parecidos. Ay, qué diablillos. Tienen sus cosas, para qué negarlo. Porque atraen el polvo a espuertas, en las mudanzas cobran un protagonismo indeseado, son voraces e invasivos y no estoy seguro de que mis futuros hijos los quieran asumir en herencia. Pero cuántas alegrías me han dado. En casa, durante mis viajes, en las salas de espera y en las poquísimas cafeterías silenciosas de esta ciudad. En todos esos lugares me han hecho feliz. Reconozco la ñoñería: estoy enamorado del gramaje de su papel, de ese olor a polilla y pegamento, del peso atómico de sus historias y del clasicismo o el atrevimiento de sus editores. Además, siempre he entendido el libro tradicional como un producto muy sofisticado. Es cómodo de transportar, no consume baterías insaciables, resiste con entereza el paso del tiempo y, esto es muy importante, si se dobla no se rompe. Ahora la pregunta que toca es: ¿cambiará mi sistema bibliográfico actual por la llegada del e-reader Kindle a casa? Pues un poco sí, para qué os voy a engañar. Y si las grandes y pequeñas editoriales cogen el toro por los cuernos, muchísimo más. Lo que quiero decir es que con este cacharro se lee que da gusto, su capacidad de almacenaje es abrumadora, te permite tomar notas, subrayar y enviar esa información a tu correo, la batería es muy duradera porque el consumo de energía es mínimo, su peso es menor que el de un libro de papel y para las consultas rápidas resulta ágil y efectivo por su práctico motor de búsqueda. ¿Cuál es la pega? Que algunas editoriales se resisten a volcar los libros en formato electrónico, y las que lo hacen ponen precios, a mi juicio, abusivos. Así que la bestia de la piratería amenaza con dar un zarpazo en este suculento negocio. De hecho, ya hay brotes de ella. Y aún así, muchas editoriales importantes siguen sin actuar con decisión, por no decir que observan paralizadas.

miércoles, febrero 15, 2012

Hipstamatic - La sentencia



Estas palabras no nacen del fuego de los acontecimientos. No son expulsadas desde el espasmo, la rabia, la ofuscación o la ceguera que conllevan algunas emociones. Estas palabras nacen de la reflexión que ofrecen el tiempo y la lectura tranquila, la confrontación de ideas con los amigos y la sedimentación –no la aniquilación- de las emociones más contundentes. Es decir, estas palabras no buscarán excusa en la alucinación de un corazón incendiado por la injusticia o cualquier cosa ñoña que se le parezca. No habrá atenuantes una vez puesto el punto final.

Esto es: Me da miedo el Tribunal Supremo. O parte de él. Me da pavor la impecable lección de venganza y tirria que ha sido capaz de concentrar en setenta páginas. Ahora sé lo que antes sospechaba: que esta institución tiene estómago y sufre de agrios reflujos ultraconservadores. Le deseo que el tiempo y la justicia popular y poética –la ordinaria se concentra en ella misma- le devuelvan la seca neutralidad que calcinó mientras se quitaba del camino a Baltasar Garzón y lo dilapidaba con once años como once sogas como once pares de zapatos de plomo. Y se lo deseo de corazón, porque no hay nada peor para un país que una justicia que se intuye desproporcionada y anticipada. Eso nos hace infinitamente frágiles. Así que pienso que esta sentencia es una mala astracanada que, lejos de hacer reír, provoca desconcierto, desamparo, indignación y una peligrosa orfandad judicial. Quienes están al frente de esta institución aseguran que el texto es impecable y que la honestidad de los jueces ha de estar fuera de toda duda. Pero esa parece una lectura tan inocentona y superficial que no me saca de la cabeza este pensamiento: la sentencia es la pieza clave de un puzzle decisivo. El que dibuja un ejemplar pellizco de nuestra corruptela política y sus aledaños: la absolución del dueto Francisco Camps y Ricardo Costa –y su previsible regreso a cualquier cargo público- por un tribunal popular dividido, la inminente petición de nulidad del caso Gürtel argumentando que Garzón cometió ilegalidades tal y como asegura el Tribunal Supremo y, por último, el noqueo de quien impulsó con determinación y responsabilidad la búsqueda de las víctimas del franquismo en cunetas, fosas comunes y demás sucedáneos de la vergüenza. Me pregunto si Fitch, Moody´s y Standard and Poor´s nos rebajarán la calificación de la deuda por ocurrencias como ésta. Me pregunto si es ahora cuando deberían rescatarnos de verdad, sacarnos del pozo de las parodias más dolorosas y enfrentarnos a nuestro propio reflejo deforme.