lunes, enero 01, 2007

Mis números improbables

Lotería y cábalas

Confieso que no me ha tocado la lotería. Ha pasado por la puerta de casa dejando un rastro de pelusa, ceniza y desencanto tras una inversión que merodeaba, más bien brincaba, la media nacional. He comprobado ceremoniosamente cada uno de los décimos que en su momento llamaron mi atención por las más improbables razones: número de votos favorables a los estatutos; torreones que el señor Megino construirá a la vera del Mediterráneo; el euríbor a fecha de compra; el año de nacimiento de Unai Emery; el precio sumado del kilo de breca y langostino; o el número de veces que aparecen las letras z y p en algunas columnas de opinión. Pues ni con ésas. Y por mucho que diga mi vecina eso de que al menos tenemos salud, el desconsuelo es un pellizco nervioso que habita en el estómago y se ramifica hasta la cuenta corriente.
No haber conseguido ni una sola pedrea en este día de gloria nacional, me convence una vez más de que mis cábalas sobre la actualidad y su membrana pegajosa poco o nada tienen que ver con el azar suculento de los bombos y los euros. Parece más razonable que éste guarde relación con el diario personal del matemático Grigori Perelman (rechazó la medalla Field hace unos meses) o algunas costumbres de los personajes de Juan José Millás o Paul Auster. En cualquier caso, como buen neurótico encubierto, procuro que mis elecciones numéricas obedezcan a razones más o menos verosímiles, aunque luego me supongan el más estrepitoso y descorazonador de los fracasos.

Tres cifras

Mi meticulosa selección numérica me ha servido para recordar algunos hechos que a lo largo de este año causaron en mí algún tipo de efecto. Estos son algunos de los números.
El diez y el nueve. Quien acostumbra a pasear por el paseo marítimo del Zapillo, empieza a vislumbrar la osamenta de los edificios que el señor y urólogo Juan Megino ha ideado construir allí. Crecen a una velocidad similar a la de la hiedra. Casi imperceptible. Imparable. Y a la espera de que se genere la piel que recubrirá aquellos mazacotes de hormigón, uno puede deducir que los humores de sus tripas fluirán poco y mal. Aquello, que parece más propio de los despropósitos y desmanes urbanísticos setenteros, estará formado por diez torres de nueve pisos que darán lustre a un Zapillo colmado de edificios cuyos cimientos absorben agua salina. Tengo que reconocer que siempre creí que aquello se paralizaría justo antes de que dieran el primer bocado a la tierra. Reconozco también que soy un profano en lo que a los entresijos legales de esta operación se refiere. Pero ojalá me dijeran mañana mismo que incumple la ley y pudieran detener las grúas antes de que su morfología se aproximara a la del Algarrobico. Porque si no es así, me avergüenzo de esta falta de sentido común y protección; me avergüenzo de que nos hayamos mostrado tan indiferentes ante tal barbaridad urbanística.
Setenta y uno. En 1971 Unai Emery nace en Guipúzcoa y 35 años después viaja a nuestra ciudad para colocar a la Unión Deportiva Almería en puestos de ascenso, justo antes de irnos de holganza navideña. Sé que las simplificaciones nunca fueron buenas, salvo en las matemáticas de bachillerato, pero es que estoy convencido de que a este entrenador lo recordarán en nuestra ciudad durante muchísimo tiempo por sumar puntos donde otros maldecían a los árbitros. Con el ascenso al final de las baldosas amarillas, los mazapanes evitan la afonía y las peladillas fortalecen la autoestima. Sin embargo, las quejas siguen goteando. Es raro el día que no leo o escucho en la radio un rapapolvo a ese aficionado que sólo va al campo de fútbol cuando la U. D. Almería promete un buen espectáculo o, en su defecto, un resultado que prolongue esta euforia deportiva. Parece ser que con un equipo se ha de estar siempre, a las duras y a las maduras, independientemente de la mayor o menor distracción que pudiera dar en el campo. Sin embargo, a nadie se le ocurre ir a ver una obra de teatro de la que le han asegurado el tedio hasta el agotamiento. Tampoco nadie se siente en la obligación de ir a ver todas las semanas el cine español, a pesar de que la recaudación de taquilla va a ser tan determinante como la de cualquier campo de fútbol. Uno paga por entretenerse, disfrutar, emocionarse y divertirse. Pasar un buen rato, vamos. Parece razonable, por tanto, que la gente vaya menos al cine cuando la película promete un castigo de dos horas; que los enamorados del teatro no paguen por ver una obra que no les da buena espina; o que los aficionados al fútbol acudan en menor medida al campo cuando el equipo no cumple las expectativas creadas y se augura un tostón de 90 minutos y una irritación en el corazón de la quiniela. Parece lógico que uno invierta su dinero en algo que le va a reportar algún beneficio. Y la U. D. Almería ahora expende ilusión. Simplemente celebrémoslo.

Juan Manuel Gil

9 comentarios:

Juan Manuel Gil dijo...

Escribe un número y dame las razones de tu elección. Tú también eres algo neurótico.

Anónimo dijo...

No sé por qué estaba esperando que un día trataras de un tema como éste. Y es que yo estoy convencido de ser un neurótico, aunque desconozco en qué grado. El caso es que he llegado a sentir el abismo bajo mis pies cuando, viajando, miro el cuantakilómetros y siempre (o casi) aparece un número perfecto (o como se le quiera llamar): 145.100 o 168.500 o cualquier otro. He llegado a pensar que los números me hacen guiños desde esa esfera maldita que marca los pasos que das. Por eso, muchas veces refreno mis deseos de mirar por miedo a encontrarme, por ejemplo, el 200.000 y afianzarme en esa idea obsesiva de que los números me vigilan. Puestos a dar un número (olvidando los que señalan el espacio recorrido) me viene a la memoria el 69, y no por lo que alguien pueda pensar, sino porque viene después del mítico (?) 68, el del famoso mayo. Es un número que evoca imégenes vivas de un tiempo y un espacio muy precisos, las imágenes de mi primer año en Granada: Universidad, reuniones clandestinas, Literatura, nuevos amigos, la Alhambra bajo la nieve, una ciudad cuyo embrujo no es un mito... Este número no me produce vértigo, sino una nostalgia cálida y dorada. ¿Dorada, como decía Machado, por la tarde que declina?

Fan de Cabellera dijo...

Al usuario anónimo se le ha olvidado identificarse.

Ako dijo...

411
Dentro de poco mi vida estará a 411 km .
Lo importante es que saldré de aquí y me iré al menos un año fuera, si todo sale bien me iré cuatro más. Estoy segura de que ese 411 cambiará mi vida en una proporción casi exagerada, sin necesidad de jugar con él y con el niño. Aunque me voy a estudiar, no es la única razón por la que me marcho. Una vez allí quiero ser libre sin nada que me reprima, pero aún así a 411 km algo me atará y tendré que volver algún día a Almería.

Juan Manuel Gil dijo...

amigo fan de cabellera, compartimos neurosis algebraica. espero que estas navidades te hayan castigado poco. yo ya me conformo con que la cuenta corriente llegue a mitad de enero con un leve pulso en la carótida. muchisimas gracias por tu constacia como lector y escritor.

ako, suerte a 411 kilómetros de esta isla. deliciosa isla.

Perseo dijo...

Un número: 200. Una razón: esos son los kilos de explosivos que los especialistas estiman que había en la furgoneta-bomba de la T4 en Barajas. Ahora dicen que lo único que queda por averiguar es el tipo de explosivo del que se trata. Que no se molesten, yo se lo digo. El explosivo que acabó con la vida casual (como casuales son todas las vidas) de esos dos ecuatorianos que vinieron en busca de un destino mejor, es el mismo del que estaba trenzada la soga de Sadam: el odio. Esa otra máscara que a veces viste el miedo. Ese vecino ingrato al que no debes dar la espalda. Ese humo de habano que se consume con la cumbre de las Ozores. El rastro indecente de las bombas de destrucción masiva (incluso de las que nunca existiero...).
¿O es que a estas alturas de la película alguien cree todavía que no fue ese el explosivo que voló por los aires la nostalgia de todo un pueblo?

la perdedora ludópata dijo...

Qué bueno encontrar este lugar. Habrá sido el azar el que me ha llevado hasta aquí, seguro. Me encanta el tema. Números, juego, perversiones urbanísticas…

¿Ni la pedrea pese a la inversión hecha? Vaya… Espero que no te conviertas, como yo, en un perdedor ludópata, porque es una lata.

El número 19 y las perversiones urbanísticas. No me extraña. Sólo hay que recorrer la carretera por la costa para ver que es facilísimo darle una patada a la ley y no pasa nada. Creo que lo próximo que nos queda por ver será la construcción en la misma orilla, sí, en el puro rompeolas, ¿por qué no?. Se pilotan los edificios y Santas Pascuas. Ay! Qué gran idea acabo de tener! Marina D’or, ciudad de especulaciones se quedará en el olvido al lado de estos edificios-flotantes. Bueno… que se me va la cabeza del tema: dar un número y las razones. Yo no te puedo dar un número porque mutaría a enfermera de ambulatorio y no es plan, así que prefiero darte “los infinitos números pares”. ¿Qué te parece? Los números pares me parecen todos ellos “amigos” porque son redonditos y divisibles fácilmente. Los impares, por el contrario, me dan mala espina. Dan problemas al dividirlos, te puede salir con decimales y eso ya me parece lo último que se puede tolerar a un número.

Un afectuoso saludo,

Virginia

Juan Manuel Gil dijo...

amigo perseo, excelente post. espero que los lectores que se pasan por aquí le presten la atención que se merece. gracias por tu constancia. de verdad.

amiga virginia.lo primero que he hecho ha sido pasarme por tu blog. lo seguiré muy atento. algun día hablaremos sobre los amigos infinitos números pares. hoy mismo colgaré el nuevo post. esta vez tiene algo de acertijo literario. espero tu aportación.

Anónimo dijo...

No sé muy bien qué me lleva a escribir este comentario, la verdad no suelen apasionarme los números, siempre lo han hecho las letras pero quizás le resulte interesante saber a alguien que el cero siempre me ha resultado perfecto, el siete, desde pequeña lo consideré divino. Pero
el 8,
el 8 es doblemente perfecto.

En mi vida, por muy distintas razones siempre me ha acompañado. Ojalá el 8 se quede conmigo para siempre. Ojalá la vida, el tiempo, me lo confirme alguna vez.

Estoy segura de que por ahí, frente a numerosos salvapantallas, existen personas fantásticas que piensan como yo al respecto.

Un saludo a todas/os.