domingo, marzo 16, 2008

El perdigal

La infancia y el aeropuerto

Mis primeros recuerdos de infancia están estrechamente ligados al mar. Mi madre aprovechaba cualquier resquicio de sol para embutirme en un carricoche veraniego, de esqueleto metálico y con franjas blanquiazules, y en menos de diez minutos estábamos o con los pies metidos en el agua o respetando bajo la sombrilla las dos horas homologadas de digestión. Recuerdo aquellas caminatas con una precisión tal, que a veces tengo la impresión de que he rellenado las posibles lagunas con otros recuerdos posteriores. Mi madre, en cambio, dice que no; que aquello no hay manera de olvidarlo.
La playa a la que desembocábamos era la de El Perdigal. Ya la conocen ustedes: un revuelo de la falda del Mediterráneo, situado en El Alquián, con más espuma que sal, con ganas de dejarse querer y con un amanecer excesivamente puntual. Y el camino que recorríamos para llegar hasta ella era una carretera breve y certera, que atravesaba la marina de norte a sur, sin la grandilocuencia y los aspavientos de los bulevares, pero con la fotogenia de una localización del cine de los años 50.
Desgraciadamente, de aquella carretera queda poco menos de la mitad. Pasó, de aquel ligero aire de interestatal norteamericana, a destilar esa presencia fantasma que suelen traer consigo las amputaciones. Lejos de aquí, se decidió que lo que necesitaba el aeropuerto de Almería no era un traslado a una zona de menor impacto medioambiental y urbano, sino una gran ampliación. Desde aquel día, quienes viven en el El Alquián distinguen con precisión mecánica el queroseno de la gasolina ordinaria, las luces de navidad prologan en sus casas la pista de aterrizaje y el ruido atronador marca las horas, a falta de un campanario y un par de cigüeñas.
Recuerdo cómo los vecinos se manifestaron entonces. Recuerdo los gritos en la misma puerta de la Terminal del aeropuerto, mientras la Guardia Civil impedía con contundencia que atravesaran una línea imaginaria. Recuerdo a la policía dispersando por la fuerza a los manifestantes para que no cortaran la carretera a su paso por El Alquián. Recuerdo a la gente corriendo de un lado a otro y llorando de impotencia. Tiene razón mi madre: hay cosas que no se pueden olvidar. Mi opinión es que aquel día le asestaron un golpe demasiado grave a este barrio. A cambio, nos construyeron un parque con el 2% de los pinos y eucaliptos que ya teníamos y que decidieron no talar en un alarde de generosidad.

La juventud y el gasoducto

Muchos años después, casualidades de la vida, el gasoducto que proviene de Argelia, recorrerá desde la Playa de San Miguel en Cabo de Gata hasta la playa de El Perdigal en El Alquián (caladeros imprescindibles para las embarcaciones de la zona), y allí tomará tierra y se construirá una Terminal de Recepción de tres pares de narices, desde la que se distribuirá en dirección norte el tan ansiado elixir energético. Según la información que se facilita en la propia página web de Medgaz (empresa que ejecuta la obra), la creciente demanda española de gas natural justifica plenamente esta inversión de 900 millones de euros, y en los tramos costeros, el tubo, de 24 pulgadas de diámetro y con una capacidad de 8 bcm/año, irá enterrado a dos metros de profundidad. No sé si a ustedes les tranquilizan estos argumentos. Lo que tengo claro es que no es profundidad suficiente para ocultar las preguntas: ¿Por qué de nuevo El Alquián? ¿Han escuchado a los vecinos? ¿Alguno de ellos les ha dicho que quiere que un tubo de 24 pulgadas le ensarte el barrio? Si los responsables de esta obra han hecho caso omiso a los vecino de El Alquián, ¿a quién han escuchado?
Cuando paso por allí y veo la tierra revuelta, la maquinaria pesada, los tubos pacientemente amontonados, las vallas de protección, los carteles de prohibido el paso a toda persona ajena a la obra, no puedo evitar reconstruir aquel paisaje desolador que trajo la ampliación del aeropuerto; la escalofriante decisión que se interpuso a la salida natural al mar de un barrio con una larga tradición pesquera que acabó mermada.
En un par de años, a los aviones sobrevolando el barrio, se les unirá el silencioso pero constante fluir subterráneo del gas. Quizá, a cambio, alguna vez nos hagan un parque con los restos del barrio que no arrollaron con las palas -en un nuevo alarde de generosidad, claro-. A El Alquián le han asestado un segundo golpe de máxima gravedad y los políticos han mirado hacia otro lado. Siento rabia y vergüenza ajena. Esa es la verdad.

Juan Manuel Gil

9 comentarios:

Manumuñoz dijo...

La verdad es que la desverguenza y el despropósito rozan a veces la tiranía. Cada día me dan mas asco los especímenes que crecen a la sombra de la bondad de muchos o las decisiones continentales en espacios particulares. A ver si el cambio que augúra Jodorwsky se lleva también arrastrando alcantarilla abajo a las que, sin saberlo a veces, son malas personas.Las peores.

No sólo me parece una atrocidad lo del gasoducto, sino que espero que no sea un arma en potencia...


Un A,B,ra,Ço.

Perseo dijo...

No seas tan negativo, hombre. Mira el lado positivo. Ahora, además de saber distinguir el queroseno de la gasolina, sabreis distinguirlo del gas natura. Ese refinamiento del sentido del olfato no tiene precio. Además, a partir de ahora, para los niños de El Alquian, hacer un hoyo en la arena de la playa buscando "el tesoro" puede tener su recompensa. Por no hablar de ese parque tan bonito que os puede quedar para el trapicheo y los negocios de clase B.

Cuando pase el tiempo y sean otros los que echen la vista atrás y no se encuentren con esas fotografías de la nostalgia, quizá haya quien repare en que hemos podido equivocarnos. Pero bueno, para eso tendrá que pasar tiempo, mucho tiempo.

Juan Manuel Gil dijo...

amigos manu y perseo, no me imagino yo a los responsables de este despropósito tumbándose en su hamaca a tomar el sol a los pies de una terminal de recepción con su salas de control y oficinas, su chimenea (¿?) de venteo, sus acometidas eléctricas, su calderas, sus enormes depósitos de agua, sus salas de regulación de gas y sus filtros. ellos se irán a mónsul a echarse la fotografía ecológica. y a El Perdigal, para la fotografía enérgética. Se han cargado la playa de El Alquián con este proyecto. Y estamos asistiendo impávidos a la destrucción más absoluta.

Dami� dijo...

No se que decir, supongo que... ¿enhorabuena por el libro?


PDT: duda lingüistica, se dice ¿gasEoducto, o gasoducto?


Un saludo, Damián.

Juan Manuel Gil dijo...

amigo damián:

http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=gasoducto

te permite las dos opciones. en la rae gaseoducto te remite a gasoducto.

yo tampoco sé qué decir: ¿gracias?

LUZ dijo...

Gracias Juan Manuel, al leer tu comentario has despertado los recuerdos dormidos en mi memoria de cómo era El Alquián, nuestro barrio. Y mientras veo pasar los aviones desde mi ventana, pienso en ese camino que tantas veces también yo recorrí hacia esa playa salada, llena de vida. Pero creo que nuestra playa tiene algo que nadie se lo podrá arrebatar, el color de su cielo es único, ¿no te parece? su olor también es especial, y esas noches de verano en las que se puede contemplar la luz del faro del Cabo... para mí es lo mejor del mundo!!

Juan Manuel Gil dijo...

amiga y paisana luz, tienes toda la razón del mundo. la luz de la playa de 'el perdigal' es poderosísima. y, por supuesto, para mí es insustituible. procuro no alejarme demasiado de sus aguas. sé que esto que voy a decir es un topicazo, pero incurro en él con gran gusto: cada vez que he vivido fuera de almería, en contra de lo que solía pensar antes de hacerlo, lo que más he notado ha sido la ausencia del mar. y lo curioso es que yo siempre que visualizo en mi imaginación el mar, veo lo mismo: el perdigal.
muchísimas gracias por pasarte por aquí. no te ubico todavía, pero me da alegría que la gente de mi barrio haga de esta casa su casa, por eso espero que vuelvas más a menudo.

LUZ dijo...

Hola Juanma, agradezco sinceramente tu invitación a volver, así que me tomo la confianza para añadir la casa del nadador a "mis favoritos", y visitarla de vez en cuando, durante mis paseos por la red. He de confesarte que la descubrí por casualidad y que su contenido me ha parecido muy interesante. En consecuencia, y como soy por naturaleza extremadamente curiosa (por suerte en muchas ocasiones y por desgracia en otras), esta mañana me he pasado por la Picasso y he comprado "Inopia", que pienso empezar a leer ahora mismo junto con una buena taza de café. Sin más, un saludo.
P.D.: Junto con tu libro también he comprado otro de Kafka, ese me lo reservo para el "postre" ;-). Ah! y una aclaración, lo de la taza de café no es para no dormirme, es que siempre la asocio con pasar un buen rato.

Anónimo dijo...

me paarece una auténtica vergüenza lo que están haciendo con nuestra playa, nadie nos puede garantizar al 100 por 100 la seguridad que se supone que conlleva una infraestructura de tales dimensiones y con un aeropueto a 50 metros, ¿ que ocurre con la calidad del agua donde nos seguimos bañando en verano? porque sino recuerdo mal el material del los tubos que recorren nuestra playa y que están a dos metros de profundidad es un tanto radiactivo y sin olvidarnos los de los cartelitos de " peligro por radiotividad" que podemos encontrar conforme nos acercamos a la central, perdón, los cartelitos desaparecieron cuando los responsables de la obra se percataron de que los medios de comunicación que se interesaron por este enorme problema iban a dar cuanta de esos carteles.