jueves, octubre 10, 2013

Hipstamatic - De lo que hablamos en los autobuses


En el autobús se habla de la decadencia de Madrid. Una pareja comenta que la capital está cayendo en una especie de agujero oscuro y resbaladizo del que muy difícilmente volverá a resurgir. La ciudad de Madrid está herida de muerte, dice ella. La están dejando agonizar, añade él. Guardan silencio, se besan y se amasan pesadamente. Deberíamos ir algún fin de semana, acuerdan los dos. El autobús se detiene, nos bajamos y los persigo hasta que llego a la altura de la cafetería donde he quedado. Ellos siguen caminando como si nunca fueran a dejar de caminar el uno al lado del otro. Café con leche y media tostada de mantequilla y mermelada de naranja amarga. Supongo que ella no tardará en llegar. Así que abro el periódico y encuentro el origen de la conversación. Rafael Méndez y Álvaro de Cózar han publicado en El País un texto titulado “La decadencia de Madrid”. Dicen que la ciudad está en horas bajas, que su aeropuerto recibe menos turistas que nunca, que la vida nocturna se apaga, que sus calles están sucias, que parchean las carreteras, que cierran los bares y las cafeterías, que los grandes proyectos arquitectónicos están paralizados, que su deuda resulta asfixiante, que no sabe qué quiere ser o dónde quiere estar y que el declive cultural se lo está comiendo todo. No puedo evitarlo: acabo imaginando una ciudad apocalíptica tomada por el abandono, gobernada por zombis y perros rabiosos, casi arrasada por una especie de epidemia insaciable y sitiada por un foso de aguas estancadas. La ciudad de Madrid está herida de muerte, me digo. La están dejando agonizar. Entonces el miedo cae sobre mí y me cuestiono si Almería también está en decadencia. Si alguien podría escribir un artículo titulado “La decadencia de Almería” y no estar equivocado. Pienso en nuestro aeropuerto, en el casi testimonial número de destinos y en el insultante precio de los billetes. Recuento las horas que tarda un visitante en llegar en tren desde Sevilla o Madrid. Visualizo la mierda que se acumula en algunos barrios que no desembocan en La Rambla o en el Paseo, pero que dependen del mismo Ayuntamiento que La Rambla o El Paseo. Me vienen a la memoria el mito del soterramiento de las vías, la demolición del Toblerone y la construcción de los edificios de La Térmica. Intento perfilar inútilmente el proyecto cultural que las instituciones tienen pensado para esta ciudad. Me pregunto qué fue del Festival del Libro y la Lectura, del Festival de Poesía y Música, del proyecto de rehabilitación y aprovechamiento del Cable Inglés o de la apertura de la casa de José Ángel Valente. Cierro el periódico. Supongo que ella no tardará en llegar. Más me vale